This column first appeared in CityView Magazine’s “Home and Garden” Issue May 2026 edition.
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Hay un instante, casi imperceptible, en el que el día deja de empujar y algo dentro comienza, suavemente, a reorganizarse. No ocurre afuera; ocurre en el cuerpo: en ese territorio íntimo donde se guarda todo lo vivido, lo dicho y lo callado; lo que sostuvimos durante horas y aquello que todavía permanece sin forma. Y entonces, sin anuncio, la respiración se aquieta, los pensamientos pierden urgencia y lo que estaba disperso comienza, lentamente, a encontrar su lugar.
En Fayetteville, ese instante ha encontrado un nuevo hogar, más íntimo, más intencionado: Polaris Wellness Hub, fundado en 2025. Un espacio donde el movimiento deja de ser solo ejercicio para convertirse en una experiencia de bienestar integral. A través de la música, la presencia y la conexión, los cuerpos despiertan y algo más profundo comienza a ordenarse por dentro. Lo que antes podía percibirse como una clase de Zumba evoluciona hacia una práctica más consciente: toning, fuerza, regulación y una reconexión con el cuerpo como hogar.
Entrenadora Andrea Jeffcoat encarna esa transición entre lo externo y lo interno con una autenticidad serena. Nacida en El Salvador, llegó a Estados Unidos en 2004 con la determinación, y también la incertidumbre, que acompaña a quienes se atreven a comenzar de nuevo. Su camino no fue lineal; por el contrario, la llevó a atravesar geografías, culturas y experiencias que transformaron profundamente su manera de habitar el mundo. Antes de establecerse en Fayetteville en 2020, su recorrido la llevó por distintos estados como Georgia y Tennessee, así como también por África, donde vivió en Botswana. Cada uno de esos territorios dejó su huella: desafíos, aprendizajes y una expansión silenciosa que no siempre se ve, pero que moldea el carácter y la mirada.
Como tantas historias migrantes, su camino ha estado marcado por momentos de quiebre y reconstrucción. En Pretoria, Sudáfrica, nació su hija, y con ella emergió una nueva forma de comprender el hogar. Decidió llamarla Pretoria como un gesto profundo de memoria, raíz y significado, una forma de reconocer que incluso en los territorios más desafiantes también se siembran semillas que, con el tiempo, florecen. Porque a veces el hogar no es algo que encontramos en un lugar, sino algo que se revela en aquello que permanece, incluso en medio del cambio.
Hoy, como esposa militar, madre y facilitadora de clases de bienestar, Andrea continúa transitando cambios y nuevos comienzos. Sin embargo, algo en ella se ha asentado con claridad: el hogar no depende de la estabilidad externa, sino de la capacidad de regresar a sí misma, una y otra vez, con presencia. En ese camino, el cuerpo se ha vuelto un territorio fundamental. No solo nos traslada de un lugar a otro; el cuerpo guarda historias, procesa emociones y sostiene aquello que muchas veces la mente no logra ordenar. Pero también necesita liberar, moverse, encontrar canales donde lo acumulado pueda transformarse.
En una comunidad donde tantas personas viven bajo presión constante, entre responsabilidades, transiciones culturales y exigencias cotidianas, el movimiento deja de ser algo superficial para convertirse en una necesidad profunda de regulación. Mover el cuerpo es, en ese sentido, una forma de regresar a uno mismo. De permitir que lo que ha sido contenido encuentre expresión. De ofrecerle al sistema nervioso la oportunidad de reorganizarse. Y cuando ese movimiento ocurre en comunidad, algo más sucede: su impacto se amplifica. Se vuelve compartido. Se vuelve humano.
En los espacios que Andrea crea hoy en Polaris, las personas no solo se ejercitan: se reencuentran. Se reconocen en otros. Se permiten soltar, aunque sea por un instante, el peso invisible que muchas veces cargan en silencio. Porque hay algo profundamente sanador en compartir el ritmo, en sentirse acompañado, en recordar, sin necesidad de palabras, que no estamos solos. Hablar de bienestar en nuestra comunidad implica mirar más allá de lo visible. No se trata solo de acceso o información, sino de crear espacios reales donde las personas puedan sentirse sostenidas, donde el cuerpo tenga un lugar legítimo y donde la regulación emocional deje de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia vivida.
Mayo también nos invita a detenernos en otra dimensión del cuidado. El Día de las Madres llega con una carga emocional compleja: no todas las historias se viven desde el mismo lugar. Para algunos es celebración; para otros, memoria, ausencia o incluso dolor. Y, sin embargo, hay algo que atraviesa todas esas experiencias: el acto de sostener, de cuidar, de estar, de dar… incluso cuando no siempre hay espacio para uno mismo.
Y, en lo personal, mayo trae consigo un momento íntimo, casi silencioso, de reflexión: mi cumpleaños. No como una fecha para contar años, sino como una oportunidad para reconocer el camino recorrido, honrar lo vivido y preguntarme, con la misma honestidad que propongo aquí, cómo me estoy sosteniendo, cómo estoy habitando mi propia vida. Tal vez por eso este mes también puede convertirse en una invitación más íntima: incluirnos dentro de ese cuidado. Preguntarnos cómo nos sostenemos mientras sostenemos a otros. ¿Qué lugar nos damos en medio de todo lo que entregamos?
En una ciudad como Fayetteville, donde convergen tantas historias, trayectorias y formas de vida, el bienestar comunitario no se construye en grandes discursos, sino en lo cotidiano: en los espacios que habitamos, en los encuentros que compartimos y en las decisiones que tomamos, día a día, para cuidar nuestra salud física, emocional y humana. Y en medio de todo esto, la pregunta vuelve, simple, pero profundamente reveladora: ¿Cómo estás, de verdad? Porque a veces el hogar no es un lugar al que regresamos, sino un estado al que aprendemos a volver. Y ese regreso, tan íntimo como necesario, muchas veces comienza con algo aparentemente simple, pero profundamente transformador: moverse, respirar y permitirse, poco a poco, volver a sentirse en casa dentro de uno mismo.

