Cuando era niña, dejábamos pasto en una caja de cartón y agua en un vaso de plástico. Lo hacíamos con ilusión, sin entender del todo quiénes eran esos “Reyes” ni por qué venían montados en camellos. Pero creíamos, y eso bastaba.
La mañana del 6 de enero había migas en el suelo, pisadas imaginarias y un pequeño regalo que parecía decir: “Alguien pensó en vos esta noche.”
Hoy, al mirar a nuestras comunidades aquí en Carolina del Norte, pienso en lo que significa mantener esa tradición lejos de casa. En lo que representa para muchas familias latinas armar una rosca de Reyes, contar la historia de Melchor, Gaspar y Baltasar, y decirles a los niños que sí, que todavía es posible creer.
El Día de Reyes no es solo una costumbre antigua. Es una manera de resistir al olvido. Es decir: “Nuestra historia también importa.” Es honrar la fe, la infancia, la esperanza.
Y más que los regalos, lo que queda es el gesto: la cartita escrita con crayón, la emoción de dejar algo para otros seres (los camellos, los Reyes, la familia …), la alegría de despertar sabiendo que el mundo, por un momento, fue mágico otra vez.
En tiempos en los que todo parece acelerado, escéptico o virtual, el Día de Reyes nos devuelve a lo humano. Nos invita a la pausa. Al ritual. A contar historias mirando a los ojos. A preparar pan en comunidad. A sostener la ilusión sin cinismo.
Y no importa si ya somos adultos. Todos necesitamos recordar que alguien puede pensar en nosotros.
Que hay regalos que no se compran. Y que las tradiciones, cuando se comparten con amor, se vuelven eternas.
Este 6 de enero, dejemos pasto, agua y una carta. Aunque sea simbólica. Aunque sea solo una excusa para reunirnos, soñar, reírnos del año viejo y abrazar lo que viene.
Porque mientras sigamos soñando juntos, los Reyes Magos siempre van a llegar.
Y si deseas celebrar este espíritu en comunidad, con música, alegría y el abrazo tibio de las tradiciones que nos sostienen, el FLD Latin Social: Edición Día de Reyes en Fayetteville ofrece esa oportunidad. Una noche donde nuestras historias bailan, donde la herencia se vuelve latido y donde, igual que en la infancia, recordamos que la magia es real cuando la creamos juntos.
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